Las mujeres necesitamos estar despiertas, no anestesiadas

Sobre el dolor crónico y la desigualdad

Texto: Iratxe Mugire

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«Necesitamos con urgencia ser conscientes de la desigualdad»

Las mujeres tenemos al menos el doble de prevalencia de dolor crónico que los hombres.

Por parte de la ciencia esto se sigue tratando como si fuera un misterio.

Por parte del sistema sanitario, como si fuéramos unas quejicas, histéricas, exageradas, etc.

Así que por un lado hay un sesgo de género en ciencia, que no estudia a las mujeres ni lo suficiente ni adecuadamente.

Pero también hay un sesgo de género en la asistencia sanitaria, cuyos y cuyas profesionales infradiagnostican y sobremedican a las mujeres, cronificando muchas patologías que podrían haberse resuelto a tiempo, provocando además morbilidad iatrogénica: es decir, enfermándonos.

Este añadido de morbilidad de origen iatrogénico (médico) y científico sería totalmente evitable si se trabajara con perspectiva de género y enfoque biopsicosocial. Esta última, una propuesta que lleva haciéndose desde hace 50 años, pero que en un sistema neoliberal, por lo que sea, no termina de aplicarse; claramente, no interesa.

Hay una brecha de género en la prescripción de analgésicos, ansiolíticos y antidepresivos: a las mujeres se nos prescriben más, para todo.

Mientras que necesitamos con urgencia ser conscientes de la desigualdad, la injusticia social y la violencia estructural que nos enferman y nos abocan a una vida sin calidad, el sistema nos anestesia con fármacos y nos cuenta que nuestro problema es individual, no colectivo.

¿Cómo vamos a luchar así por una vida digna, por nuestros derechos? ¿Cómo vamos a lograr así una sociedad igualitaria?

España es el país con mayor consumo de benzodiacepinas no sólo a nivel europeo sino también a nivel mundial. Aproximadamente el 70% de las benzodiacepinas se prescriben a mujeres.

Pero las mujeres necesitamos estar despiertas, no anestesiadas. Necesitamos comprender y validar que el dolor de nuestros cuerpos es el dolor de vivir en una sociedad llena de desigualdad y de violencia hacia nosotras que no permite que nos desarrollemos plenamente, que no garantiza nuestros derechos, que directamente no reúne las condiciones para nuestra salud.

Cuando el sistema nos enferma, es el sistema el que debe cambiar (y nosotras presionar para que cambie) para que sanemos. La salud, por tanto, también es política. Una pastilla, aunque pueda ser de ayuda cuando no podemos más, no soluciona el contexto. La demanda de justicia social, sí.

Si la salud es biopsicosocial, la atención a la salud no puede obviar la desigualdad y la injusticia. Y, en un patriarcado, las mujeres tenemos un factor causal de enfermedad añadido.

Por eso, el enfoque biopsicosocial en la atención a la salud (que, aunque está reconocido, en la práctica no siempre está garantizado) debe incluir la perspectiva de sexo y género tanto en los estudios clínicos e investigaciones científicas, como en la práctica de todos y todas las profesionales sanitarias.

Mientras esta perspectiva no se integre y se generalice, gran parte de los factores causantes de nuestro malestar quedarán invisibles bajo ese sesgo de género con el que, aún hoy, se siguen enseñando y aplicando las ciencias de la salud.

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